
Las ganancias de la guerra
Hubo quienes se enriquecieron notablemente con el conflicto. El desarrollo de los monopolios y la concentración de la riqueza había adquirido extraordinarias proporciones en la preguerra (ver SIGLO MUNDO “el auge del colonialismo” Págs. 409-432). Esta situación adquirió una magnitud mayor durante la contienda y en el periodo siguiente.
En Europa, la industria, especialmente la química y metalúrgica, había experimentado un gran desarrollo. La demanda creciente de armamentos y pólvora, que efectuaban los gobiernos en el periodo denominado de “paz armada”, había permitido grandes ganancias, a la vez que facilito la concentración monopólica en estos rubros. El desarrollo de las operaciones de guerra, elevó enormemente las necesidades de material bélico, tanto que las industrias europeas no podían abastecerlas. Se recurrió, cada vez con mayor frecuencia, a la industria norteamericana, por lo cual el capital monopolista estadounidense fue el mas beneficiado, ya que sus ganancias implicaron un costo mínimo.
De una situación que puede considerarse prácticamente de crisis en 1914, la economía norteamericana se elevó a una posición dominante que recién haría eclosión en 1929.
Wall Street entro en la guerra mucho antes que el gobierno de EE. UU. La Banca Morgan (de EE. UU.) compraba por cuenta de los gobiernos de la Entente al 1% de comisión. En un primer momento, estos pagaban con oro y títulos norteamericanos. Para activar las ventas, los banqueros de Nueva Cork comenzaron a otorgar créditos hasta que el gobierno llego a permitir préstamos a gran escala. Alcanzaban a 1.500 millones de dólares las deudas con banqueros privados de los gobiernos que serían aliados, cuando EE. UU., declaro la guerra a las potencias centrales. Un gran alivio se sintió en Wall Street: del primer “Préstamo de la Libertad”, Morgan y sus socios recibieron más de 400 millones de dólares en pagos de deudas del gobierno inglés. A partir de entonces, el gobierno norteamericano se haría cargo de la financiación de la guerra: el producto de los impuestos y empréstitos a los que recurría el gobierno, pasarían directamente a las grandes empresas monopolistas y a los banqueros estadounidenses.
Los préstamos a los aliados que superaron mas de 9.000 millones de dólares, no implicaron salida de dinero de EE. UU. Los aliados recibieron materiales de guerra, mientras el dinero afluía de las arcas del Tesoro público a las arcas de los dueños de la industria y los banqueros. Otro tanto ocurría con los gastos de guerra del gobierno de los EE. UU., financiados por impuestos y empréstitos internos, que sobrepasaron los 35.000 millones de dólares. Los monopolios abastecedores pudieron ampliarse extraordinariamente. Por ejemplo Du Pont de Nemours, obtenía un beneficio medio de 1.000 % durante esos años y elevo su capacidad de producción de pólvora de 8 a 500 millones de libras por año. Los grupos:
Morgan-First Nacional (U. S. Steel, General Electric, etc.) y;
Mellon (Bethlehem Steel, Gula Oil, Aluminium Co., etc.), fueron los mayores beneficiarios de la guerra y su poderío económico sería determinante en la década siguiente. Morgan por ejemplo dominó todas las conferencias financieras internacionales de posguerra a la vez que emitió los más importantes préstamos internacionales de esa época, incluso los dos Empréstitos de Reparaciones. Andrew Mellon en persona, ocuparía el departamento del Tesoro de EE. UU. y luego la embajada de Londres, puesto a partir del cual lograría la participación del 50% para la Gulf en la explotación de Kuwait. Con notable acierto la época de posguerra sería denominada luego en EE. UU. como la década de los banqueros.
Todo había sido ganancias para el capital monopolista norteamericano; por eso el reparto de Versalles (ver conjunto de Tratados) no le interesó demasiado y el Congreso se negó a ratificar el Tratado. Esto le permitió participar en la financiación de la recuperación alemana (Plan Dawes), y obligar a Japón a renunciar a una parte de las ventajas territoriales y económicas que la guerra le había proporcionado. En este ultimo aspecto, EE. UU., logro reunir una conferencia en Washington en 1921, para tratar los problemas del Pacífico: los acuerdos desplazaron a Japón de algunas de sus posiciones a la vez que impusieron la política de “puertas abiertas” formulada por EE. UU., para el territorio chino. Estos acuerdos fueron efectuados bajo la fuerte presión del movimiento nacionalista chino, que había adquirido un gran desarrollo en la posguerra, pero solo sirvieron para asegurar la posición de EE. UU., en desmedro de Japón e Inglaterra. El desplazamiento de Japón, en cuanto al poderío marítimo, y la creciente rivalidad comercial en el Pacifico, auguraba nuevos conflictos inter-imperialistas en la zona.
De Versalles al Plan Dawes
El Tratado de Versalles criticado por todos los opositores al imperialismo, cargaba sobre el pueblo alemán todas las consecuencias de la guerra y lo condenaba a un estado de servidumbre económica y política. El economista ingles Keynes, que participó como delegado de su país en la Conferencia, dimitió arrojando a la opinión pública y a su gobierno un libro (“Las consecuencias económicas de la paz”), en el que denunciaba la irracionalidad del tratado y auguraba la bancarrota del sistema.
Así, el tratado pretendía colocar a Alemania en una posición de la que nunca se recuperaría económicamente, a la vez que le exigía tributos que solo podría cumplir si esa recuperación tenia lugar. La voracidad de los imperialismos llevaría a otra crisis y a reproducir, en proporciones aún mayores, una nueva guerra mundial.
Con este tratado se pretendía adormecer la conciencia de los pueblos del mundo, por un lado, al cargar todas las culpas al militarismo (y los resabios feudales) de Alemania absolviendo así al sistema capitalista-imperialista y, por otro, prometiendo fabulosas ganancias, en concepto de reparaciones, que traería una prosperidad inigualable.
Los años inmediatamente posteriores a la guerra fueron, sobre todo en los países vencidos y en los países dependientes, años de auge revolucionario. La influencia de la Revolución Rusa y las condiciones intolerables a las que estaba sometida la mayor parte de la humanidad, contribuyeron a que hicieran eclosión grandes movimientos insurgentes y que los capitalistas tuvieran que transar en muchos aspectos. Algunas de estas transacciones se manifestaron en el plano de las monedas, mediante un agudo proceso inflacionario, solo detenido, temporalmente a mediados de 1920.
Para financiar la guerra, los gobiernos de los países contendientes habían recurrido al lanzamiento de empréstitos y a la emisión suplementaria de dinero. Así, los papeles circulantes, guardaban una relación estrecha con una determinada cantidad de oro y su emisión se efectuaba contra entrega del metal precioso. Los gobiernos cubrían sus gastos con lo que recogían como impuestos, equilibrando sus presupuestos de acuerdo a lo que recibían.
Sin embargo, el conflicto aumento las necesidades de compras de los gobiernos; la venta de títulos de la deuda pública (empréstitos) pasó a adquirir gran importancia y, cuando no bastaba, se utilizó la impresión lisa y llana de papel moneda.
Los precios subieron extraordinariamente, mientras los salarios se mantenían relativamente bajos. Estos provoco graves conflictos durante la guerra. Los capitalistas no querían resignar sus ganancias; la presión social amenazaba con derrumbar el sistema: se optó por la bancarrota del Estado. Los precios siguieron subiendo y la inflación, rápidamente, redujo a centavos las enormes deudas internas: los millones de habitantes que poseían títulos de empréstitos se encontraron así con papeles que no valían nada. Las crisis monetarias mas graves se observaron en los países vencidos. Ejemplo extremo: en ALEMANIA, antes de la guerra 4, 2 marcos = a 1 dólar; en noviembre de 1923 se necesitaban dos billones quinientos mil millones por cada dólar.
A fines de 1923, la crisis de Alemania había tocado fondo. Las clases medias y la pequeña burguesía habían sido prácticamente barridas. Los grandes capitalistas habían obtenido fabulosas ganancias: la inflación les había permitido arrasar con el ahorro público depositado en los bancos, tomando dinero a crédito.- Estas ganancias habían sido colocadas a buen resguardo en el exterior, lo que a su vez había agravado el problema de la descapitalización alemana.
Alemania no había cumplido con las reparaciones y las exigencias francesas en tal sentido culminaron con la ocupación aliada del Ruhr. La resistencia alemana demostró a Francia la ineficacia de este procedimiento mientras sus antiguos aliados presionaban por otro tipo de soluciones. El capital monopolista estadounidense estaba interesado en apropiarse del estado alemán y esto solo lo lograría a través de la estabilización interna alemana y de préstamos en gran escala. Un nuevo plan de reparaciones fue aprobado en 1924, señalando el cambio de la política de Inglaterra y EE. UU., hacia Alemania. Se denominó Plan Dawes, tomando el nombre del banquero norteamericano que lo propuso, entonces vicepresidente de EE. UU.
La expansión estadounidense
Los costos de la guerra del gobierno de EE. UU., fueron financiados con el crédito del pueblo: la deuda pública interna creció más de 30 veces, alcanzando los 30.000 millones de dólares en 1919. La posibilidad de recuperación de este dinero dependía, en gran medida de mayores impuestos a las corporaciones. Sin embargo, la oligarquía de los negocios, a través del control del gobierno, se encargaría de que no sucediera así. Al contrario las reducciones y condonaciones de impuestos favorecieron cada vez mas a las grandes fortunas. Por otro lado, el proceso inflacionario, que continúo hasta 1920, hizo perder más de la mitad del valor de aquellos préstamos: el costo de vida creció de 1913 a 1920. La imposibilidad de cobro de las deudas de los gobiernos aliados también ejerció influencia en el arrastre y prolongación de esta deuda interna. Y por último, los nuevos empréstitos del Gobierno y los grandes bancos, destinados a facilitar las ventas y la refinanciación de intereses, provocaron un gran aumento de estos papeles de crédito.
La expansión del capital estadounidense en el exterior fue efectuada sobre la base del ahorro de los depositantes en bancos, a través del manejo de los créditos por las grandes corporaciones, y por la emisión de títulos de empréstitos de recuperación y valores extranjeros que fueron lanzados al mercado interno, tanto por las corporaciones financieras como por el propio gobierno.
Las exportaciones norteamericanas continuaron siendo muy superiores a sus importaciones lo que si bien transformó a los magnates de Wall Street en los banqueros del mundo, llevó al sistema capitalista a una de las mayores crisis de su historia.
En la inmediata posguerra y hasta 1920, la expansión interna fue sostenida a través del proceso inflacionario y los grandes empréstitos. Los salarios, que habían crecido más lentamente que los precios, comenzaron a alcanzarlos por la relativa escasez de la mano de obra. Las ganancias inflacionarias habían retrasado la incorporación de técnicas que permitieran mantener un equilibrio entre la oferta y la demanda de trabajo.
La crisis comenzó en la agricultura, para trasladarse rápidamente a otros sectores. La guerra había provocado un incremento tal en la producción agrícola que no podía ser absorbido por el mercado interno y la política de tarifas posterior llevó al retraimiento de las compras externas. Los europeos procuraron realizar sus mayores compras en otros países como Canadá, Australia y Argentina a fin de mermar su dependencia del dólar.
La crisis estadounidense de 1921-22, si bien profunda, fue superada rápidamente, siguiéndole un proceso de expansión que culminaría en 1929, aunque la agricultura y otros sectores importantes de la economía continuaron estancados. El mayor reajuste se produjo en el mercado de la fuerza de trabajo, contrayéndose enormemente el empleo. Sin embargo, como los precios cayeron mas rápidamente que los salarios el impacto sobre la economía no fue tan grande. La menor capacidad de compra interna, fue rápidamente derivada hacia los mercados exteriores: nuevos empréstitos e inversiones en América Latina, Asia y Europa permitieron un desahogo temporal. El cambio de actitud hacia Alemania recibió un gran impulso, dadas las posibilidades de expansión que aquel mercado ofrecía al capital monopolista.
El nuevo auge se basó, fundamentalmente en las ramas industriales relativamente modernas. La industria automotriz y la consiguiente expansión de la construcción de caminos, promovida a través de los Estados, fueron claves en este proceso. La construcción alcanzó un papel importante por el déficit de viviendas que se había producido durante la guerra. Los colosos que definen esta época son FORD y GENERAL MOTORS, seguidos por GENERAL ELECTRIC y WESTINGHOUSE en la industria eléctrica y la ALLIED CHEMICAL AND DYE y DU PONT DE NEMOURS en la química. En esta última industria, los monopolios norteamericanos tuvieron que enfrentarse con verdaderos gigantes europeos, la IMPERIAL CHEMICAL, en Inglaterra y la FARBEN en Alemania.
La penetración de los monopolios estadounidenses en los mercados exteriores se efectuaba a través de agentes, subsidiarias o afiliadas y mediante la concesión de licencias. Los impuestos y las tarifas aduaneras en los países compradores sirvieron de estímulo para estos movimientos, al igual que las necesidades específicas que planteaban la explotación de esos mercados, la obtención de materias primas y el control directo de las operaciones (por ej. en Canadá y México). Aunque Canadá pertenecía a la Comunidad Británica de las Naciones, para 1920, las inversiones norteamericanas superaban a las inglesas. Otro tanto ocurrió en los países latinoamericanos: en la Argentina, por ej., ya en 1902 el Trust de Chicago había instalado sus sucursales frigoríficas. Con posterioridad a la guerra, el movimiento hacia Latinoamérica y Asia adquiriría mayor auge aunque, temporariamente, el principal mercado fuese Europa. Allí las subsidiarias de la General Electric (Morgan), Westinghouse (Mellon) y Estándar Oil (Rockefeller) se agregaron rápidamente las de la American Telephone and Telegraph (Morgan y Du Pont), entre otras. En el Lejano Oriente, el proceso de expansión fue más lento, tanto por la competencia de los monopolios anglo-holandeses (los casos del caucho, del estaño y del petróleo son los mas importantes) y la política comercial agresiva de los trust holandeses. En el caso de China, por ejemplo, se requirió la intervención directa del gobierno de EE. UU. y otro tanto ocurrió en las disputas entre Dunlop (ingles) y la restone (estadounidense) por los mercados del caucho.
La recuperación europea
En los países vencidos, la situación económico-social era prácticamente insostenible para las clases gobernantes. Alemania se vio conmovida por la insurrección obrera que comenzó en noviembre de 1918 y que, hasta el aplastamiento en mayo de 1919, amenazó con transformarse en revolución proletaria. En Hungría, el proletariado dirigido por Bela Kun (político comunista) retuvo el poder desde marzo a agosto de 1919. En Alemania, la burguesía pudo conservar formas democráticas con la colaboración del partido social-demócrata, mientras en Hungría se instalo una dictadura de tipo fascista. Tres años después la situación italiana se definía con la toma del poder por Mussolini. Al años siguiente (1923) Primo de Rivera[1] comenzaba su dictadura en España, y en 1926, Pilsudski[2] retoma el poder en Polonia, convirtiéndose en dictador absoluto. En 1923, el gobierno alemán aplasta una insurrección obrera, Hitler efectúa un “putsch”[3] en Munich, el que fracasa por falta de apoyo de la clase dominante.
En las republicas populares del centro y este de Europa, y a pesar de la aparente estabilización, el conflicto básico entre la clase obrera no desaparece. Este conflicto adquiere proporciones mayores: las ventajas sindicales y las mejoras salariales, al ser impuestas sobre un sistema capitalista ya deteriorado, agravan las contradicciones. Los capitalistas aumentan la monopolización de la economía procurando cargar sobre los sectores burgueses menores, y de clases medias, a través de la inflación de las mayores perdidas. Y por otro lado, recurren a ala racionalización sustituyendo mano de obra por maquinaria e intensificando la explotación de la fuerza de trabajo, lo que engrosa las filas del ejercito de reserva de desocupados (¿en este contexto se dan el taylorismo, el fordismo y toyotismo?).
La participación del capital estadounidense y las necesidades de producción de maquinarias y otros elementos de trabajo, postergaron temporalmente el problema de mercado para la producción: el empobrecimiento de las clases medias y la desocupación obrera se manifestaba a través de una gran caída en la demanda interna.
Como las posibilidades de expansión imperialista estaban cerradas para estos países, el haber sido destruido su potencial bélico y habérseles arrebatado las colonias, el régimen democrático no ofrecía salida para el capital monopolista, y la crisis acarreaba agua para el molino de la revolución: la pequeña burguesía y las clases medias, metidas en un callejón sin salida, adhirieron a la misma en su afán de retornar a las épocas de “orden”. Las organizaciones obreras, con sus dirigentes envueltos en las maniobras de la revolución burguesa, se fueron deteriorando en su capacidad de liderar el conjunto de la sociedad a una salida revolucionaria.
La burguesía alemana logro salir de la crisis en 1924 otorgando una gran participación al capital monopolista estadounidense, y eliminando las jornadas de 8 hs., y otra serie de conquistas obreras que garantizaba la constitución de Weimar. El Plan Dawes (política de estabilización y racionalización económica, apoyada en inversiones extranjeras: 4.400 millones de dólares entre 1924-28) permitió una relativa recuperación.
La política de racionalización que incorpora nuevas técnicas productivas, mantuvo altas tasas de desocupación, presionando los salarios hacia abajo. Esto y una política restrictiva del crédito, que solo beneficiaba a los grandes emporios industriales como KRUPP, THYSSEN y STINNES, permitió la estabilización del marco. Sin embargo, esta recuperación era sumamente precaria, al estar apoyada en un endeudamiento externo tan extraordinario (sin contar las deudas por reparaciones que aun seguían pesando sobre Alemania), que la crisis mundial la arrastraría hacia profundidades inimaginables.
En el periodo en que tuvo vigencia el Plan Dawes, la cartelizacion[4] de la economía alemana recibió un gran impulso. El auge de la actividad económica, (aun con la evidente falta de mercado interno y externo) fue aprovechado por el capital monopolista. La centralización del capital fue apoyada por medio de leyes y ventajas de todo tipo:
la FARBEN se convirtió en el monopolio exclusivo de la industria química, al absorber todas las demás empresas;
la reconstrucción del Cartel del Acero, que luego serviría de base para la creación del Cartel Internacional del Acero.
El Plan Dawes, abrió posibilidades a los acuerdos entre capitalistas alemanes y franceses para a explotación del carbón, el acero y la potasa. El carácter complementario de las regiones de Lorena, Ruhr y Luxemburgo, fue muy importante para el definitivo entendimiento franco-germano y a los carteles del acero y la potasa creados en 1926, siguió el Tratado Franco-Alemán en 1927.
Si embargo, las contradicciones internas de Francia, con fuertes sectores que presionaban por el cobro de las reparaciones, impidió un mayor acercamiento entre ambos países.
Por su parte, la inflación continuaba asolando Francia. La industria química a pesar de haber adquirido las patentes de la Farben en la posguerra, no había alcanzado grandes adelantos y el comercio exterior seguía siendo deficitario. El mayor progreso se observo en la siderurgia: DE WENDEL y SCHENIDER-CREUSOT, los monopolistas de las armas francesas llevaron la delantera. El control que estas empresas tenían sobre otras radicadas en Checoslovaquia (SKODA), Polonia y Luxemburgo, aumento extraordinariamente su potencial económico- financiero. El entendimiento entre los monopolistas franceses y alemanes del acero y la potasa, seria una de las bases para el gobierno colaboracionista encabezado por Pétain en 1939, el mismo que 22 años atrás había resistido heroicamente en Verdún.
Inglaterra fue el país Europeo menos perjudicado por la guerra. Esto le permitió mantener el sistema de libre cambio y restablecer el sistema de patrón oro en 1925, a los valores de preguerra; esto a través de un sacrificio interno, contrayendo las exportaciones, lo que contribuiría a la futura crisis. Además la concentración monopolista adquirió renovadas energías. En el campo de la química, la expansión culminó en 1926 con la creación de la IMPERIAL CHEMICAL, consecuencia de los 4 grupos que dominaban esta industria. En la industria eléctrica, la subsidiaria de la GENERAL ELECTRIC (Morgan) llevaba la delantera y había logrado la cartelizacion de la producción de lámparas y cables. Los acuerdos entre la GENERAL ELECTRIC, la OSRAM y la PHILIPS holandesa, fueron base para la cartelizacion de la industria eléctrica europea.
Las industrias tradicionales inglesas, no lograron recuperarse en la posguerra. La industria textil tuvo que retroceder frente al avance de los sintéticos. La industria del carbón del hierro y del acero, también sufrieron los efectos de esta situación: la industria alemana con la participación financiera estadounidense, pasaría rápidamente a la cabeza.
En resumen, la recuperación europea ofrecía rasgos muy endebles mientras aumentaba el endeudamiento con EE. UU. Los intentos de volver a las condiciones de preguerra fracasaron uno tras otro; pero recién serian abandonados después de la gran crisis, que se estaba gestando en el corazón de la ya entonces primera potencia financiera mundial.
La quiebra de la fe en el progreso indefinido, como proceso constante y espontáneo, sentaría las bases para una nueva filosofía capitalista: la del desarrollo controlado y dirigido.
El Estado de la posguerra
La movilización de los recursos para la guerra había concitado grandes esfuerzos por parte de los Estados de los países beligerantes. Estos consistieron en controles a la exportación e importación de mercancías, impulsó a la concentración de la producción en ciertas industrias, centralización de los pedidos, apoyo a las industrias armamentísticas, control y regulación del mercado de trabajo etc. Terminado el conflicto tendieron a suprimirse los controles y la intervención estatal, y se intento retornar al esquema del libre funcionamiento de las fuerzas del mercado. Sin embargo, los desajustes posteriores, las tareas de reconstrucción y, los descalabros del sistema capitalista requerían de los concursos de los poderes del Estado.
La creciente organización de la clase obrera sindical y políticamente llevó a la aplicación por parte del Estado de una política combinada, de acuerdo a las circunstancias, de represión y concesiones. El acrecentamiento de los instrumentos de fuerza para mantener el orden y su aplicación, fueron acompañados por mejoras en la legislación social (seguros sociales, indemnizaciones, pensiones, etc…). En este sentido, la intervención del Estado estaba destinada a preservar los intereses del conjunto de la clase capitalista, y resguardar su poder político.
Por otro lado, la creciente centralización del control del capital y el extraordinario desarrollo de los monopolios llevo a un acrecentamiento de la participación del Estado en la vida económica de las naciones. La mayor anarquía de la producción que trae el monopolio (por la distorsión de los precios), conlleva una intensificación de la crisis, y por lo tanto, hace necesario una mayor intervención en defensa de los intereses capitalistas en su conjunto. Los precios dejan de ser una guía para el empresario capitalista y aquellos que monopolizan ciertos sectores estratégicos, están en condiciones de oprimir al resto de la clase capitalista. Durante este periodo, se intensificó el control sobre los precios, el apoyo directo con fondos del Estado a ciertas ramas de la industria, la cartelizacion forzosa en otras, etc. En producciones claves como la electricidad y el transporte, se aplicaron reglamentaciones muy estrictas llegándose a proponer incluso su nacionalización. En el caso de industrias declinantes o con baja rentabilidad, el Estado se hacia cargo de las perdidas o garantizaba determinadas tasas de ganancias. Estos tipos de intervención del Estado, adquirían caracteres mucho mas generales con posterioridad a la crisis de 1929, llegándose a la “socialización” de las pérdidas de los capitalistas: la compra por el Estado de las empresas en quiebra, permitiría los monopolistas pasar sin pérdidas a otras ramas de la producción más lucrativas.
Los conflictos sociales que creaba la posición de las clases medias en la posguerra, requirió una intervención adicional del Estado. La pequeña y aun mediana burguesía y las clases medias se vieron tremendamente golpeadas: aprisionada entre el poder del capital monopolista y la resistencia organizada de la clase obrera, el peso de la inflación cayó sobre sus fuentes de ingreso. Esto desarrollo en grados extremos su hostilidad hacia los monopolios y hacia las organizaciones obreras; hostilidad que al faltarle una base objetiva para la unidad de organización y de acción política, seria canalizada en beneficio de la expansión imperialista tras lo vagos ideales de grandeza nacional o superioridad racial. A partir del poder del Estado, y del uso de los canales de propaganda creadores de opinión pública, se fue construyendo un amplio movimiento de apoyo a la política exterior agresiva, con fuerte base en las clases medias pauperizadas y en sectores de la clase obrera desocupados y sin organización.
En lo que se refiere a la expansión externa del capital monopolista, el Estado también incremento sus actividades: a la ocupación de áreas y apoyo financiero de las inversiones en los países dependientes se agregaron subsidios a las exportaciones y a las marinas mercantes, préstamos inter-gubernamentales, financiación de programas de recuperación de as economías desvastadas etc.
En resumen, en los años de posguerra se intensifica la actividad económica del Estado; pero, todavía no se la considera como una norma, sino como un mal provocado por los desajustes de la guerra y, por lo tanto, como un fenómeno transitorio, aunque las contradicciones del sistema, van obligando a la clase capitalista ha hacer un uso cada vez mas frecuente de la misma. Se necesitaría legar a la Gran Crisis para enterrar definitivamente la economía del laissez-faire.
La primera Gran Crisis imperialista
El mundo capitalista ya no podía volver a reconstruirse sobre las bases anteriores a la Primera Guerra. Hasta 1914, Europa había sido el centro impulsor del sistema; sin embargo, la guerra ínter-imperialista de 1914-18 significo la quiebra de Europa como centro impulsor del sistema y su reemplazo por EE. UU. Los ajustes posteriores, que implicaron u acelerado avance de aquel país, trajeron condiciones de expansión radicalmente diferentes: se habían agotado las posibilidades de ocupación de los “espacios libres” y 1/6 parte del mundo se había colocado fuera del control del capital financiero por el triunfo del socialismo. Parte importante de los países dependientes vivió el ascenso de movimientos nacionales que, llegaron a enfrentar, muchas veces a través de las armas, a la dominación imperialista. Además, la misma rivalidad entre las potencias imperialistas, jugó a favor de los movimientos nacionales, creando mejores condiciones para su aparición y sostenimiento.
Los países periféricos, que se habían desarrollado como apéndices del capital monopolista europeo, se vieron afectados por la nueva relación de fuerzas: por un lado, los países europeos dejaron de ser sus principales abastecedores de productos industriales siendo reempezados, en gran parte, por EE. UU. y Japón. Por otro, la protección de hecho que otorgo la guerra permitió una relativa expansión de sus fuerzas productivas internas, hasta entonces ahogadas por el control del capital monopolista. Estos hechos sirvieron de base material a los bríos del movimiento nacionalistas.
Para el capital monopolista en su conjunto, la época de posguerra fue poco propicia; su posición financiera se vio debilitada ante los EE. UU., además, el traslado de recursos de la periferia sin posibilidad de hacer ventas para compensar hicieron disminuir la cuantía del capital invertido en el exterior y, consecuentemente, sus posibilidades de recuperar el control de importantes fuentes de inversión.
Una vez lograda cierta reconstrucción interna, a través de la mayor explotación de la clase obrera en sus países y del empobrecimiento de las clases medias, la necesidad de mercados externos se amplio considerablemente. Pero EE. UU. y Japón con su fuerza expansiva creciente constituirían vallas insalvables para el capital monopolista europeo. Aun en aquellos países en que Inglaterra y Francia conservaron su predominio, la expansión fue lenta.
La división de los imperios Austro-Húngaro y turco, por su parte, creo una serie de países que por si solos no constituían mercados importantes. Las barreras aduaneras y las rivalidades interestatales hicieron el resto.
El capital monopolista europeo, sin mercados exteriores en expansión fue quedando encerrado en un callejón sin salida mientras aumentaba la dependencia del poder financiero estadounidense. EE. UU. se convirtió en el centro imperial, pero con características muy diferentes a las europeas: su extraordinario desarrollo continuaba basándose en las incalculables riquezas internas y careció de un carácter dinámico respecto de las posibilidades de venta que tenían tanto los países europeos y los del mundo dependiente. Estos últimos continuaban vendiendo mas a Europa, mientras realizaban compras crecientes a EE. UU.
Europa (ya endeudada con EE. UU.), también tenia que realizar compras, por lo que se veía obligada a transferir recursos a los países periféricos. Estos recursos que obtenían los países periféricos, giraba hacia EE.UU. en pago de las compras que estos mismos países realizaban en aquel mercado.
Por su parte, el capital monopolista estadounidense protegía su mercado interno con altas tarifas aduaneras, lo que constituía una dificultad adicional a las posibilidades de ventas de los países deudores.
Entonces, ese país, que ya había absorbido la mayor parte del oro del mundo y que continuaba vendiendo as que lo que compraba SOLO PODIA SOSTENER SU COMERCIO A TRAVES DEL CREDITO: la venta de papeles de crédito externo (empréstitos u otras formas) en el mercado estadounidense fue la norma. Estos papeles a los que se sumaban los emitidos por los comercios financieros de Wall Street, provenientes de las sucesivas operaciones de trustificación y centralización de propiedades de empresas, pronto abarrotarían el mercado.
La bancarrota del sistema
Una descripción somera de los elementos desencadenantes de la crisis en EE. UU., nos permitirá descubrir las leyes de la misma, que se encuentran en la medula del desarrollo capitalista. El análisis se aplica al proceso que ocurre simultáneamente en Europa, aunque la explosión tuvo lugar en los EE. UU., y de allí se expandió a todo el orbe.
La única excepción fue la URSS, que había comenzado la planificación global de su economía, bajo relaciones de producción socialista. El hecho de que efectivamente el capitalismo sea un sistema mundial hizo que el colapso repercutiera en todos los países que lo componen.
La quiebra del dólar, con el consiguiente corte del flujo de mercancías y créditos hacia aquellos países, hizo que las características depresivas del sistema se manifestaran con todas sus fuerzas y que al mismo hecho de la crisis siguiera un largo periodo de estancamiento, del que no se saldría hasta la 2ª GM.
El auge de la década del veinte, alcanzo proporciones hasta entonces desconocidas, sobre todo en el campo financiero. Las industrias nuevas, como la automotriz, crecieron con gran rapidez, mientras las más tradicionales, como las textiles, siguieron estancadas. La introducción de métodos de producción que hacían más intensiva la explotación de la mano de obra y, en general la racionalización de, permitió mantener relativamente bajos los salarios y acelerar el proceso de acumulación de capital (lo que ocurre a gran escala se refleja en pequeña escala).
La misma agricultura, si mercados para expandirse, proveía de mano de obra barata a los centros industriales. Las grandes ganancias, y la propaganda de los consorcios financieros, alentaban expectativas de beneficios futuros aun mayores. Esto facilitaba la especulación con valores y acciones[1]: la promesa de grandes ganancias en el futuro, llevaba a pequeños y medianos ahorristas a entrar en el juego. Se creaban nuevas sociedades tenedoras de acciones, de las sociedades tenedoras de acciones.
El proceso de centralización de la propiedad adquirió un nuevo impulso, sin que esto significara, una mayor centralización de la producción. Las mayores ganancias se obtenían mediante la emisión de nuevas acciones y no a través de las economías de escala[2]. La mayor cantidad de papeles no representaba mayor riqueza, aunque por el momento esto pasara desapercibido: todo se basaba en ganancias futuras.
El auge de las fusiones y combinaciones se opero en los servicios públicos, la industria automotriz, y la producción de alimentos y la distribución al menudeo (minorista).
La producción industrial se siguió expandiendo. Los mayores pedidos y las expectativas de una expansión indefinida, alentaron la instalación de nuevas plantas y el incremento de la producción de bienes de capital[3]. Sin embargo, esta expansión autosostenida encontraría pronto su freno, al manifestarse en un extraordinario crecimiento de los bienes de consumo final[4], que la capacidad adquisitiva del mercado, determinada fundamentalmente por el nivel de salarios no podía absorber.
La venta de crédito, que adquirió extraordinaria importancia en estos años, había permitido comprar a cuenta de los futuros ingresos. Lo mismo ocurría con los mercados exteriores. Pero tanto el crédito interno como el externo no podían expandirse indefinidamente. En última instancia, la realización de las ganancias por parte de los capitalistas dependía del cobro de esos créditos, el que a su vez dependía de la capacidad de pago de los compradores.
En 1929, la expansión alcanzaba el cenit. Ciertos indicios comenzaban a presagiar la crisis; en algunas ramas industriales se notaba la escasez de mano de obra, los salarios subían y las ganancias se reducían significativamente (mucha oferta y poca capacidad adquisitiva).
Cayo el precio del trigo y la agricultura norteamericana acuso el impacto. Los pedidos de bienes industriales comenzaron a retrasarse y la producción empezó a declinar: las expectativas de grandes ganancias futuras comenzaron a mostrar su base endeble.
La Bolsa, que se autosostenía en una alocada negociación de valores, cuyos precios habían llegado a las nubes, hizo explosión. Cundió el pánico. Cada cual quería salvar algo de lo suyo vendiendo los papeles que hasta el día anterior había pujado por comprar.
La cadena de créditos y pagos se rompió en mil pedazos. La posibilidad de cobro sostenida por nuevos préstamos se hizo imposible. Las ganancias que figuraban en los balances se convirtieron en cifras sin valor, al no poder realizárselas mediante el cobro de los créditos.
Aumento la desocupación restringiéndose el consumo. Los excedentes de producción aumentaron desproporcionadamente, en relación a las posibilidades de venta.
Es así, que repentinamente todo el aparato del sistema capitalista mundial se resquebrajo. Pero la cabal profundidad de la crisis solo podrá apreciarse a través del conjunto de efectos económicos, sociales y políticos que se produjeron con posterioridad a la misma.
[1] Una acción es una proporción del capital social (capital aportado por los accionistas para constituir una sociedad y que les otorga derechos sobre la misma en el reparto de beneficios, ampliaciones de capital, etc.) de una sociedad anónima. Representa la propiedad que una persona tiene de una parte de esa sociedad. Normalmente, salvo excepciones, las acciones son transmisibles libremente y otorgan derechos económicos y políticos a su titular (accionista). La emisión de acciones ha sido el medio más importante utilizado por las empresas para captar el capital requerido para el desarrollo de sus actividades.
[2] Son aquellas economías de escala que resultan de una industria en particular o de la industria en general.
[3] Denominación que reciben los bienes que intervienen en el proceso productivo y que generalmente no se transforman (como maquinaria y equipo o inmuebles).
[4] Son todas aquellas mercancías producidas por la sociedad en el territorio del país o importadas para satisfacer directamente una necesidad como: alimentos, bebidas, habitación, servicios personales, mobiliario, vestido, ornato, etc.
[1] Militar y dictador español. Franco basó su régimen en la experiencia dictatorial de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) en todos sus aspectos: partido único, nacional-catolicismo, terminología, corporativismo, etc. (ver Manifiesto de Miguel Primo de Rivera)[
[[2] "Primer Mariscal" (desde 1920) y dictador (1926-1935) de la Segunda república polaca. Desde la Primera Guerra Mundial tuvo una gran influencia en la sociedad de su país y fue un político muy relevante en la política europea.[] Es considerado el principal responsable de que Polonia consiguiera la independencia en 1918 tras 123 años de particiones.[
[3] Se conoce como Putsch de Munich o Putsch de la Cervecería al fallido intento de golpe de Estado del 8 y 9 de noviembre de 1923 en Munich, llevado a cabo por miembros del Partido Nacional-Socialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) y por el que fueron procesados y condenados a prisión Adolf Hitler y Rudolf Hess, entre otros dirigentes nazis
[4] El cártel, reúne a empresas que no se funden, pero que se asocian para llegar a acuerdos comunes sobre abastecimientos, procesos y precios, para evitar la competencia entre ellas.
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